El homenaje que no pidió: 40 años que levantaron la neonatología de Sonora
- aurora retes
- 25 jul
- 3 min de lectura

San Carlos, Nuevo Guaymas. — Hay reconocimientos que se persiguen y hay reconocimientos que alcanzan a quien nunca volteó a buscarlos. El del doctor Eduardo García La Farga, director del Hospital San José de Hermosillo, pertenece al segundo grupo.
Del 23 al 25 de julio, San Carlos fue sede de la 67ª Jornada de Pediatras del Estado de Sonora, celebrada en conjunto con la 12ª del Colegio de Neonatólogos. Es el congreso más antiguo del país en su especialidad y ha caminado sin interrupción desde que nació como espacio de educación médica continua. Esta edición tuvo dedicatoria, y el auditorio —lleno— se puso de pie.
"No hay nada que celebrar"
Esa fue su primera reacción cuando la doctora Sandra Beltrán, presidenta del Colegio de Pediatras del Estado de Sonora, y la doctora Iveth Anchondo, del capítulo Hermosillo, le plantearon la idea meses atrás. "Es algo que uno no espera. Uno no anda buscando que le festejen nada."
Pero el homenaje obligó a algo que los médicos rara vez se conceden: mirar hacia atrás. El doctor Rodolfo Espinoza Vizcaíno preparó una relatoría y ahí aparecieron episodios que ni el propio protagonista recordaba. Uno, de sus años de residencia en el hospital infantil del DIF Sonora, cuando la jerarquía piramidal volvía rivales a todos: un residente de primer año presentaba un caso bajo presión y él intervino —déjalo que termine—. Un gesto mínimo, de esos que no entran en ningún currículum, y que sus compañeros siguen recordando cuatro décadas después. "No podemos andar ampliando rencores ni creando pleitos", resume.
De cero a la UCIN número uno del noroeste
Cuando su generación llegó a Hermosillo hace 40 años, la neonatología sonorense era terreno vacío. Hoy el estado saca adelante prematuros extremos y recién nacidos con cardiopatías complejas.
Su huella también es de planos. En la ampliación del Hospital Infantil del Estado de Sonora, durante la administración del ingeniero Félix Valdés, buena parte del diseño salió de sus propuestas: quirófanos separados, el área de alojamiento conjunto —donde el recién nacido se queda con mamá y papá—, la terapia intensiva neonatal y la pediátrica. Ese esquema sigue funcionando, y viajó después al Hospital San José, cuya UCIN es hoy, en sus palabras, la de mayor capacidad resolutiva del noroeste. Súmese la fundación de la Sociedad de Neonatología y la creación del capítulo especializado del congreso, hoy uno de los que más público convoca.
Pero cuando se le pregunta cuál reconocimiento cuenta de verdad, no menciona placas: son los pacientes. Los prematuros, los niños con fibrosis quística que hoy son adultos con hijos propios. "Son muy poquitos en este país los que logran ejercer exactamente aquello que estudiaron."
De ese mismo impulso nació "La cultura también es salud", el programa del Hospital San José que no ha fallado una sola presentación de libro. De ahí salió Abril Escobosa, quien a los 16 años empezó a escribir sobre diabetes, epilepsia y fibrosis quística en un lenguaje que los niños entienden; hoy estudia en Berkeley. "Cuando el médico da el diagnóstico es difícil, y que la familia lo comprenda todavía más."
El mensaje a los que vienen
Desde que tuvo poder de decisión sobre quién ejercía en los espacios que dirigía, su criterio fue uno: contratar recién egresados. Le han reclamado que siembra su propia competencia. Su respuesta desarma:
"La competencia no es más que con uno mismo. Si te van a desplazar, el problema eres tú, no los que vienen."
Tampoco compra la nostalgia fácil. "No es verdad que las cosas hayan sido mejores antes o peores. Son diferentes." Su apuesta de fondo es la educación, y no empieza en la escuela: "No se puede estimular a los chamacos allá en la escuela; tiene que ser en la casa. Despertar las dudas, no responder todas las preguntas." De ahí saldrán, en 15 o 20 años, profesionistas que no lleguen a checar tarjeta, sino a preguntarse qué pueden hacer con lo que tienen a la mano para cambiar su entorno.
Cuando se apaguen las luces del auditorio y la placa encuentre su pared, quedará algo que ningún homenaje alcanza a nombrar: los adultos que hoy caminan por Hermosillo —muchos ya con hijos propios— sin saber que alguna madrugada, hace treinta o cuarenta años, un médico decidió no soltarles la mano.
Ese es el expediente que importa. Y sigue abierto.




Comentarios